jueves, 12 de mayo de 2016

"Piel de bote", por Luz Sánchez-Mellado

La llevo siempre en la botica del bolso por si los imprevistos, junto al Omeprazol antiácido, el Paracetamol antimigrañas y el Lorazepam por si los ataques de pánico. Una tontería, una ampollita de nada, un chutecillo de autoestima y, además, me quito cuando quiera. Un par de mililitros de un mejunje que venden a precio de uranio enriquecido y que, aplicado sobre lo que queda de tu jeta al final de la jornada, te plancha el cutis un par de horas extras. Efecto flash, le llaman. Y te deja flasheada, en efecto. Te lija las patas de gallo, te difumina el código de barras, te deja cara de estupefacta y, para cuando la piel acaba de chupárselo, el espejo te dice que pareces cinco minutos más joven y te vienes arriba tú solita, que ya vendrá la cuesta abajo. Ilusiones ópticas, pero de ilusión también se vive.
El Instituto Tecnológico de Masachussets ha inventado una especie de film como el de cocina, perdón, una “piel artificial rejuvenecedora” a base de no se qué polímeros que, aplicado sobre el rostro, te quita 20 años de encima durante 24 horas. Pues vale. Otra droga a la droguería. Si ya estábamos las rubias y los morenos de bote, los yonquis de la imagen podremos además ser jóvenes de bote si nos llega para comprar la dosis. En los días en que los mercachifles nos venden chicas con dos pies derechos porque así queda más mono y vamos nosotros y se las compramos, los males sin demanda pueden esperar sentados a que alguien los investigue. El problema es que, por muy de seda que nos luzca el pellejo, al final del día somos eso: monos una pizca más evolucionados que los de National Geographic. Sudamos, sufrimos, envejecemos y, cuando nos quitamos los parches, nos quedamos desnudos, ateridos y solos. Nada nuevo pues bajo la lluvia de mayo. Lo de la piel de plástico fino ya lo cantaba Radio Futura el pasado milenio. Y lo del muro de metacrilato que no nos deja olernos ni manosearnos, Kiko Veneno.

miércoles, 11 de mayo de 2016

"iPhone" por Leila Guerriero. EL PAÍS.

Nunca un cadáver célebre nos había durado tan poco. En septiembre de 2015 Aylan Kurdi apareció ahogado en una playa turca después de que su familia intentara huir de Siria. Ese día se ahogó también su hermano Galip, de cinco años (y la madre de ambos), pero no hubo fotos, así que el cuerpo de Aylan Kurdi —tres años, la cara hundida en el agua— fue la víctima propiciatoria que necesitaba la mala conciencia del mundo para ¿despertar? En todo caso, se adormeció otra vez muy rápido. Pasamos de las promesas de recibir inmigrantes a carradas en septiembre de 2015, al pacto firmado en marzo entre Europa y Turquía que —con idas y vueltas— propicia expulsiones masivas y la construcción de corrales —corrales— de refugiados en ese país a cambio de 6.000 millones de euros. Parece mucho dinero, pero no hay que reparar en gastos cuando se trata de preservar a la civilización del avance de los bárbaros. En los largos días de la corta muerte de Aylan Kurdi, uno de los argumentos con los que se justificó la publicación de la foto fue: “Puede ser el hijo de cualquiera de nosotros porque no está disfrazado de ninguna etnia rara. Está totalmente occidentalizado: un niño con unos ‘shorts’, una camiseta, pelo corto. Podría ser el hijo de cualquier europeo”. Disfraz, etnia rara, occidentalizado. Cruda, simple como el miedo, la frase resumía todo: Aylan era un muerto tan conmovedor porque era un muerto normal. En cambio, todos esos seres disfrazados de etnias raras que ahora intentan sortear la frontera, aunque estén muy vivos, no lo son. ¿Alguien recuerda esa palabra que nos gustaba tanto: globalización? ¿Se sabe qué fue de ella? Quizás si El Corte Inglés lanzara una oferta del tipo “Adopte un refugiado y le regalamos un iPhone”, la gente lograra entusiasmarse y podríamos, aún, recuperarla. A la palabra. A la gente no.

martes, 10 de mayo de 2016

"Inhumanos", por Félix de Azúa. EL PAÍS.

 liquidación de las humanidades en la educación española no es sólo un error atribuible al mercantilismo obsesivo, es, además, un modo de desarmar a la población más desamparada. Como escribe Jordi Ibáñez en su extraordinario estudio El reverso de la historia, la política educativa española, “no es que sea ni torpe ni mala, sino directamente estúpida y malvada” (161). Y ello es así porque sólo tiene dos caras: los grises tecnócratas adornados de un cinismo compasivo, o los cínicos ilusionistas que acomodan su discurso a la fabricación oportunista de una mayoría social (237). En ambos casos se destruye la posibilidad de que la cultura humanista enseñe “a pensar críticamente con un pensamiento no orientado a fines meramente profesionales o técnicos” (141).
Ibáñez cree, como su colega Jordi Llovet y en palabras de Lévi-Strauss, que la universidad “se ha entregado a la inevitable coalición entre el infantilismo de las masas estudiantiles y el corporativismo de los funcionarios” (277). El resultado es el adocenamiento y la degradación educativa. Ibáñez, buen kantiano, cree en la función esencial de una educación ilustrada. Justo lo contrario de lo que expone la derecha socialista la cual acusa de “desfachatez” a quienes rechazamos la situación mientras ellos se acunan en un ávido conformismo.
En estas elecciones debe darse prioridad absoluta a los programas educativos de cada partido. Parecen iguales, pero las exclusiones se ocultan bajo máscaras ideológicas como “integración”, “normalización”, “sexismo” o “laicismo”, meros placebos frente a un problema pavoroso: en 2003, de cada cien hombres veinte eran analfabetos funcionales. De cada cien mujeres, treinta (295). ¿Y hoy? Muchos más.

sábado, 7 de mayo de 2016

"Esas señoritas que se dicen putas no saben estar", por Berna González. EL PAIS



Tratar con la Iglesia suele conllevar el peligro de alud de argumentos religiosos frente a los legales. Hechos o convicciones, ciencia o fe, leyes o doctrina son territorios que en un estado aconfesional y de derecho deben tener límites nítidos para todos los ciudadanos, sean creyentes, agnósticos o alérgicos a la sotana. Y dibujar la frontera clara entre pecado y delito, entre el confesionario y el tribunal, es sobre todo una obligación para los agentes de la justicia y la ley.
La distinción no es superficial, y prueba de ello es la deriva que la jerarquía católica impuso en los casos de pederastia cuando abordó las denuncias en el marco interno de la Iglesia y tuvo dificultades para trasladarlo al territorio penal.
En esta ocasión, sin embargo, Iglesia y justicia parecen jugar en una liga de vasos comunicantes en la que el peor papel lo tiene la fiscal, Marisa Morando.
El arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, perdonó (en sentido cristiano) a la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, que le pidió disculpas por haberse quedado en sujetador en una protesta en 2011 en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid. Hasta aquí, conforme a los cánones. Maestre fue condenada a multa de 4.320 euros por un delito contra los sentimientos religiosos.
El perdón arzobispal obviamente “no tiene relevancia penal”, recoge la fiscal en su escrito contra el recurso de Maestre a su condena, y así debe ser: que pecados y delitos transcurran siempre en distintos carriles, como el perdón y las sentencias. Lo que sorprende es que sea la funcionaria de la justicia, la fiscal Morando, quien utilice argumentos morales y religiosos ante un hecho que solo debe ser jurídico. Observen el lenguaje: “Es obvio que las señoritas están en su derecho de alardear de ser putas, libres, bolleras, o lo que quieran ser, pero esa conducta realizada en el altar, espacio sagrado para los católicos al encontrarse allí el Sagrario (mayúscula textual), lugar donde según sus creencias se encuentra su Dios, implica un ánimo evidente de ofender", asegura la fiscal.
Y sigue: “En la playa es normal estar sin sujetador para broncearse todo el cuerpo. Pero era un templo, no una playa. En el presente caso, la conducta de la acusada, quedándose en sujetador, traspasa lo que podría ser una falta de protocolo o de saber estar. Esa falta de protocolo y falta de saber estar sería que se quedase en sujetador en un pleno del ayuntamiento o quedarse en sujetador en una recepción oficial. Pero eso no lo ha hecho, seguramente porque respeta esos actos y lo que representan”. “El alarde de su forma de vivir que implica las expresiones que llevaban pintadas en sus torsos, tales como 'violenta, bollera, puta, libre, lesbiana', supera con mucho la libertad de expresión”.
La Iglesia católica ya se quedó atrás en lo que respecta a las mujeres, los homosexuales y casados. Está probado. Ahora, es nuestra fiscalía quien ha preferido renquear al atacar a Maestre por algo más que “no saber estar”, una apreciación moral cuya inclusión en el código penal, francamente, se nos escapó.

jueves, 5 de mayo de 2016

"Il sorprasso", Gabriel Albiac. ABC

Il sorpasso es una alegoría del suicidio gratuito. También, del homicidio idiota. Película que rodó, en impecable blanco y negro, Dino Risi, con apabullante guión de Ettore Scola. 1962. Un joven Trintignant era arrastrado por el seductor caradura Gassman a su vertiginoso juego de acelerones, sin más objeto que dejarse la vida en un «adelantamiento» sobre la ruta costera de Civitavecchia. Plano final. Atestado de los carabinieri. Gassman no conoce el apellido del pobre diablo muerto.
Está bien elegida la metáfora. Aunque no sé si sus usuarios lo saben. La insondable incultura de esos añejos apparatchiki que son Garzón e Iglesias asimila el término –cursimente, en italiano– con la estrategia, sin más, del PCI de los años de esplendor de Berlinguer: cuando los comunistas italianos, tras el desastre frentepopulista en Chile, planeaban la verosímil hipótesis de, con un definitivo acelerón político, dejar clavada a la sempiterna Democracia Cristiana de Andreotti y Moro. También eso fue un suicidio. Il sorpasso acabó en pudrición. Un terrorismo sin el menor sentido se comió el sistema constitucional italiano. Al final, Partido Comunista como Democracia Cristiana, los dos únicos agentes políticos de Italia tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se disolvieron en la nada. Y en la ausencia de herederos, Italia se abrió al tiempo de los grandes sinvergüenzas. Berlusconi ha sido sólo su versión más vistosa.
La alianza Garzón-Iglesias se corresponde milimétricamente con un acontecimiento del año 1939: el pacto Molotov-Ribbentrop
Y puede que hoy el favor más grande a las dos televisivas nulidades que son Garzón e Iglesias se lo estén haciendo quienes vocean el acuerdo de ambos como un izquierdista Frente Popular de consecuencias nefastas. Quienes usan esa expresión, «Frente Popular», debieran detenerse a considerar la historia del siglo XX. El populismo de Iglesias nada tiene que ver con un «izquierdismo». El populismo fue, en los años de entreguerras, forma germinal de lo que acabaría por cristalizar como fascismo. Aunque su origen estuviera en el mesianismo ruso de final del XIX, una de cuyas creyentes fue la autora del atentado que acabó con la vida de Lenin.
Y claro que esa alianza Garzón-Iglesias tiene un precedente. Pero su nombre no es el del Frente Popular promovido por Dimitrov contra el populismo. La alianza Garzón-Iglesias, esto es, la alianza entre el rancio estalinismo y el juvenil fascismo, se corresponde milimétricamente con un acontecimiento del año 1939: el Pacto Molotov-Ribbentrop, aquel acuerdo que selló, durante casi dos años (entre agosto del 39 y junio del 41), el reparto militar del continente entre Stalin y Hitler. Acabó en matanza mutua. Por supuesto. Después de haber sembrado la matanza en toda Europa.
Puede que los joviales discípulos de Schmitt, Laclau, Perón y Chávez no tengan nada que perder en esta apuesta. Al final, las bandas populistas y fascistas salen siempre beneficiadas en las grandes pudriciones. Pero tal vez los viejos militantes comunistas que queden en IU tengan aún memoria. ¡Bienvenidos al sorpasso! ¡Bienvenidos al suicidio!

"Zaristas todos", por Luz Sánchez Mellado.



Recuerdo una tarde de los peores tiempos de la debacle, si es que se puede decir que ha pasado lo peor de lo pésimo, en la que la realidad me arreó tal estacazo que aún me duele como una vieja herida cuando cambia el tiempo. Eran las cuatro y poco, esa hora en la que quienes pueden dan cabezazos delante de la tele y los condenados a jornada partida maldecimos nuestra suerte por volver a galeras después de la sobremesa. Ese día, sin embargo, estaba en casa traspuestísima con el documental de los bichos cuando llamaron al timbre y, al abrir de mala leche, me topé con la crisis en persona. Un señor vestido de Zara que no era un amigo ni un pariente ni un vecino ni nadie que viniera a venderme nada. Venía a pedir, por favor, comida, ropa, la voluntad, lo que fuera, gracias. Le di 20 pavos, lo que tenía en metálico, le pedí perdón por existir y me escabullí con los pelos tiesos de la conmoción y la cara caída de la vergüenza.
Vergüenza de mi egoísmo, porque lo que me rayó la conciencia no fue que viniera un pobre pidiendo, sino que fuera alguien vestido como mis vecinos, como mis amigos, como mis parientes, como yo misma. De Zara. Y eso significaba que yo podía ser la próxima. El martes, Amancio Ortega, el zar de ese imperio, se embolsó 554 millones de dividendos. Circula un vídeo en el que miles de empleados felicitan al patrón su 80º cumpleaños con una fiesta sorpresa capitaneada por su hija vestida con una batamanta infame, demostrando que el estilo ni se compra ni se vende ni se hereda. Inmediatamente han salido voces a reprocharle las condiciones de sus trabajadores. Dijo Balzac que detrás de toda fortuna hay un crimen. Estamos viendo estos días que, quien más, quien menos, tiene claroscuros de todos los colores en su expediente. Pero la hazaña de vestir a medio mundo, incluidos los nuevos pobres, no se la quita nadie. En todas las casas cuecen habas, aunque sean percebes.

martes, 3 de mayo de 2016

"Alepo", por Elsa López. LA OPINIÓN DE TENERIFE.

ALEPO es más que un nombre y lo sabemos. No es solo una ciudad o la imagen de una cultura. No es la tierra prometida a la que nunca llegas ni el territorio luminoso que esconde los tesoros y la memoria de un pueblo que levantó un imperio a base de imaginación y de inteligencia. Alepo es mucho más que eso. Porque en estos momentos esa palabra que para muchos es la evocación del terror y la muerte, fue no hace mucho una hermosa ciudad, la mayor de Siria, con una preciosa ciudadela, una gran mezquita y un museo situado en el centro histórico que contiene una de las mejores colecciones de objetos de la Edad de Hierro y del final de la Edad de Bronce y más de veinte mil tabletas cuneiformes que forman parte de nuestro patrimonio, de nuestra memoria, de lo que fuimos un día antes de salir de la penumbra y que los arqueólogos y conservadores que allí trabajan intentan conservar como pueden ante tanta devastación.
La pregunta que medio mundo se hace en estos momentos es si Alepo es una cuestión bélica o es solo el ejemplo de lo que hemos retrocedido en la historia de las culturas o es, quizá, la metáfora más cruel de hasta dónde hemos llegado. Porque en esas colecciones las armas son distintas a las que hoy se usan contra ellos, pero el odio y la sinrazón de quienes las utilizan no se diferencian en mucho a las que se enarbolaban hace miles de años. Tampoco las noticias. La artillería del ejército de Siria ataca sin piedad a los rebeldes. Un bombardeo alcanza a un hospital apoyado por Médicos Sin Fronteras y en el ataque pierden la vida tres niños y tres médicos, entre ellos un pediatra, el doctor Moaz, el único pediatra que quedaba en el hospital. En total, 27 muertos. Y silencio. Ya nadie responde por nadie. Ya nadie protege a nadie. Y uno se pregunta qué determina esta clase de miseria en la que fuerzas armadas de distintos países, incluidas las de Siria, deciden pasar a sangre y fuego a niños y a hombres inocentes que solo intentan hacer el bien y evitar el dolor de los demás hombres.

Alepo era una hermosa ciudad. Hoy representa la capacidad humana para destruirse a sí misma hiriendo y matando lo que más debería proteger y que no son precisamente las valiosas piezas de su museo. Alepo, hoy por hoy, es el nombre de la ignominia, del horror, de lo que nunca debimos permitir, de lo que significa nuestra derrota moral. Ni su presidente, ni los rebeldes, ni los países que dicen proteger a la población siria mientras siguen bombardeándola, pueden quedar impunes.